miércoles, 12 de julio de 2017

Y me convertí.

Y en un ser alado me convertí.

Con inmensas alas blancas, resplandecientes de luz y de diminutos brillos irisados. Alas inmensas por su tamaño, pero livianas de peso.

Y con las alas se fueron los miedos.

A la vez que me brotaban, mi cuerpo y mi mente también se iban transformando. Para convertirme en un ser especial, no tanto por fuera, como por dentro.

Y comprendí muchas cosas que hasta ahora me eran desconocidas, como el poder de mi mente sobre mi mundo exterior.

Como la capacidad de cambiar muchas de las cosas que no me gustaban. Así comenzó todo, porque son muchos los cambios a los que nos vemos obligados a hacer frente.

Una mañana comencé a pensar que si:

- No tengo vello ni cabello, pues así no gasto champú, ni secador de pelo, ni depilarme. Me coloco un bonito pañuelo o una diadema de un alegre color y salgo a la calle.
Que tengo la tripa muy inflada, pues me pongo ropa más holgada.
- Si tengo mala cara, me maquillo y me doy colorete.
- No tengo cejas, pues me las pinto.
- Que me duelen las articulaciones y no puedo caminar, pues no lo hago.
- Ya no tengo pestañas, pues así no gasto el rimmel.
- Que muy a menudo estoy cansada, pues descanso y después vuelvo a descansar.
- Que se me pasan mil historias por la cabeza mientras reposo, pues las escribo para contároslas después.
- Que alguien me visita y me dice que "qué pena de vida", pues yo le contesto que mi vida no es ninguna pena.
- Que tengo un mal día, pues lo dejo pasar a ver si el siguiente amanece mejor.
- No puedo subir escaleras, pero lo intento.
- Aunque el cansancio y los dolores me impiden hacer cosas, yo intento moverme.
- Que paso días deprimida, pues intento alegrarme.
- Que los dolores no me dejan vivir, entonces echo mano a las medicinas.



Y en esos ratos en los que lo único que hago es mirar el techo, imagino y pienso, pienso e imagino.



                                                                          Paula Cruz Gutiérrez.




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