jueves, 20 de julio de 2017

Clara.


Clara despierta, bosteza y se despereza lentamente. Se nueve despacio, mientras es consciente de que está a punto de comenzar un nuevo día.

Sus ojos se muestran perezosos, sin ganas de abrirse, aunque al final lo consigan, cuando su mente se espabila y le da la orden de levantarse.

Durante la noche, sufre un sofoco tras otro, lo que la obliga a secarse el sudor y cambiarse de camiseta a mitad de la noche. La inflamación de las manos y el dolor de articulaciones dificultan sus movimientos.

Al llegar la mañana, se incorpora en el borde de la cama despacio, con dificultad. No en vano, sus articulaciones están anquilosadas por la inactividad de la noche y la medicación. Los dolores van en aumento a medida que transcurren los meses y las sesiones de quimio. Hace poco que ha comenzado con los ciclos de otro medicamento, ni mejor ni peor que el anterior. Cada uno despliega sus efectos sobre el cuerpo, ya saturado por la enfermedad y la medicación.

Cuando Clara consigue levantarse se dirige al baño. Va a pasitos cortos, caminando como si fuera un robot, porque no puede flexionar los tobillos. 

Este es su despertar desde hace meses.

Cuando consigue llegar a la cocina los niños ya están alborotados y desayunando, eso si su marido está en casa. Si no es así, Clara pone la alarma para levantarse a tiempo de medio preparar el desayuno, mientras espera que vengan a recoger a los niños para ir a la escuela. A ella aún le falta fuerza en las piernas para conducir.

Cuando los niños se van, ella se queda sentada en la silla de la cocina, pensando cómo afrontar el nuevo día. Hablando consigo misma y con la taza de café como único interlocutor.


                                                                          Paula Cruz Gutiérrez.

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